News
Homily Bishop of Granada in the solemn Mass Service - Congress Granada 2012
2012-07-24

Eucaristía de clausura, S. I Catedral XXXVII Congreso Internacional Pueri Cantores
HOMILÍA Mons. Martínez, Arzobispo de Granada
“¡Abrid vuestras vidas al don de Cristo!”
Queridísima Iglesia del Señor, esposa amada de Cristo; queridos sacerdotes concelebrantes; muy queridos “pueri cantores”, bien aimés “pueri cantores”, beloved “pueri cantores”; directores de los coros, colaboradores, familiares, amigos, familias que habéis acogido a distintos grupos de niños, voluntarios, miembros de la organización de Granada y de Guadix; Queridos amigos todos:
Concluimos estos bellos días de fraternidad y de comunión entre todos con la Eucaristía. La Eucaristía es, según nos enseña la Iglesia, “la fuente y el culmen” de la vida cristiana. Y como la vida cristiana es la vida humana vivida en plenitud gracias a la presencia y la gracia de Cristo, así también la Eucaristía es la fuente y la escuela, y también la realización misteriosa, anticipada, de la plenitud de nuestra vida. La realización misteriosa, anticipada, del cielo.
Porque la Eucaristía no es sólo ni ante todo un ritual. Es, ante todo, un acontecimiento, un acontecimiento misterioso, pero enorme, inefable. Cada vez que celebramos la Eucaristía, la obra entera de la redención tiene misteriosamente lugar para nosotros, en nuestros días. Jesucristo, el Hijo mismo de Dios, resucitado y vivo para siempre, se hace contemporáneo nuestro, nos habla, nos dice su amor por cada uno de nosotros, pobres seres humanos, mortales, heridos, a veces, y a pesar de nuestra juventud, llenos ya de frustraciones y miserias; y sobre todo, se da a nosotros y se une a nosotros para comunicarnos su Espíritu Santo, su propia vida divina para hacernos hijos de Dios. ¡Sí, queridos hijos, Cristo os ama, os ama a cada uno de vosotros, tal como sois!¡Jesucristo es el mejor cómplice de esa felicidad que anhela vuestro corazón, está hecho para Dios, hecho para gozar de la belleza infinita de su Amor, esa belleza yb ese amor que buscamos a tientas en la vida! Pues bien, ese Amor se nos ha dado en cristo, se nos ofrece y se nos da hoy en Cristo. ¡Hosanna! ¡Benedictus qui venit in nomine Domini! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Y por eso cantamos. No porque haga el canto más bonita y más atractiva la liturgia, que la hace. No porque el amor al canto nos sirva de excusa para estar allí, y de ese modo, a base de escuchar y de pasar horas en la Iglesia, aprender algo de la vida cristiana, que lo hace. Sino que cantamos que cantamos porque lo que sucede en la Eucaristía es tan grande y tan hermoso que no podemos dejar de cantar. Uno no puede experimentar en la vida un amor así y no cantar de alegría. “Rien ne peût nous empêcher de chanter”, nada puede impedirnos cantar, como decía ayer el coro de la catedral de Béziers.
Pues bien, la presencia de Cristo entre nosotros tiene frutos. muchos frutos de muchas clases, porque al venir Cristo a nosotros cambia el corazón, y cambia la mirada sobre el mundo y sobre las personas, y cambia la idea de lo que es vivir bien, y de lo que es vivir, y de todo lo que hay en la vida. De esos frutos, que afectan a todo, pero sobre todo a las relaciones humanas, sólo quiero subrayar uno. Fijaos: somos originarios de países, de culturas y de lenguas diferentes. Desde Alemania hasta Brasil, desde Corea del Sur hasta California, desde Lituania hasta Portugal, desde Polonia hasta Venezuela. Al cantar todos juntos, y todos juntos las misma canciones, el mismo texto, con el que celebramos y damos gracias por el acontecimiento de la venida y del don de Cristo a nosotros, la primera cosa que expresamos es una realidad muy profunda, uno de los frutos más bellos de la obra redentora de Cristo en nosotros: que todos somos un solo pueblo, el pueblo de Dios; una sola familia, la familia de los hijos de Dios; más aún, un solo cuerpo, el cuerpo de Cristo. No lo somos por nuestras cualidades, ni como un fruto de nuestros esfuerzos. Lo somos por la gracia de Cristo, que sin mérito nuestro se ha abierto camino para llegar hasta nosotros, ha querido que seamos suyos y ser nuestro, ha querido que seamos hijos de Dios, su Padre y nuestro Padre, y ha querido darnos su Espíritu Santo, para que el padre pueda reconocer en nosotros a su hijo, y para que nosotros podamos vivir en “la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. Cristo ha dado su vida, nos da hoy su vida, para que podamos ser hermanos, amigos, más allá de las fronteras de nuestras lenguas y de nuestras naciones. La historia de la iglesia es la historia de una amistad que no ha cesado nunca de crecer.
Pero el mundo no tiene experiencia de esta preciosa unidad. El mundo, nuestro mundo, está roto. Lo que experimenta es la división, la separación, con frecuencia el odio. Hay división entre las razas y las naciones. Hay división entre las clases sociales, o entre las mismas familias (entre el padre y la madre, o entre los padres y los hijos, o entre los hermanos). hay división hasta dentro del corazón de cada uno de nosotros: tenemos anhelos grandes, de verdad, de bien, de amor y de belleza, y al mismo tiempo tenemos sentimientos que nos empujan a la fealdad de la mentira o del mal en todas sus formas, la Iglesia separa siete de estas mentiras: la envidia, la avaricia, la lujuria, la soberbia, la desidia, la gula, la ira. de una forma u otra, todos esos pecados – los siete pecados fundamentales- nos separan a unos de otros, nos aíslan, rompen los lazos que nos unen a Dios, y por eso rompen también los lazos que nos unen bien a los demás y a la creación entera. Y hay en el mundo muchos intereses, y se gasta mucho dinero para que esos lazos se rompan y vivamos aislado en nuestras burbujas y solos.
Un mundo dividido es un mundo herido. ¿Recordáis, en el concierto de ayer, el coro de muchachas de Rottenburg, cuando deambulaban y deambulaban por el escenario, dando vueltas y vueltas sin sentido? Holzwege, decía el filósofo alemán Martin Heidgger, que le puso ese título a una colección de ensayos suyos, “caminos que no llevan a ninguna parte”. Cuando nos falta Dios, , cuando nos falta la experiencia del amor de Cristo que nos revela al Dios verdadero, la vida es un Holzweg, una senda perdida, circular, que no tiene ni meta ni punto de partida o de apoyo. Ni camino. También, un escritor alemán, Kafka, escribió: “Sabemos cuál es la meta” (supongo que él pensaba en la felicidad y la paz del corazón). “Pero, ¿dónde está el camino?” Y sin embargo, el Señor Jesús dijo esta palabra única, que sólo puede ser una, o verdad o una locura: “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida”.
Podríamos buscar otra imagen, más cercana a la experiencia de estos días. Cada uno de vosotros tiene mil melodías en la cabeza, y algunas de ellas, seguramente preciosas. Pero imaginaos que cada uno de los que estamos aquí empezáramos a cantar cada uno su melodía. ¿Cuál sería el resultado? Caos, horror. Al cabo de un rato, o habría una pequeña guerra entre todos o saldríamos corriendo, huyendo de aquí. En cambio, cuando cantamos juntos, cuando hay quien dirige y conoce el camino, aunque suponga disciplina y esfuerzo, sabemos que el resultado es la belleza. Tenemos la experiencia de esa belleza, y es esa experiencia la que nos sostiene en el trabajo de ensayar y ensayar, un día y otro día… y en la disciplina de aprender a leer una partitura, o a escucharnos unos a otros, para que muchas voces suenen como una sola voz.
En la vida, es Cristo: él es nuestro director de coro (aunque es mucho más que eso, porque es también la partitura, y también mi compañero en el canto, y también la belleza que resulta del canto mismo). Y para quien ha encontrado a Cristo, la vida entera es un canto de alabanza, un canto de acción de gracias, un himno a la alegría de haber experimentado el Amor que hace posible todo amor verdadero (pues también hay cosas que se llaman amor y no lo son, y “amores” que no son verdaderos); Jesucristo es quien hace posible el amor verdadero, no sólo que lo hace posible, sino que lo llena de sentido y de consistencia. Cristo es, en efecto, el contenido último y la plenitud de todo amor, de toda belleza. Y ése es el don que recibimos cada uno en la Eucaristía. Y la vida entera, para quien lleva a Cristo, no es más que una prolongación de la Eucaristía y de la alegría y de la comunión y del amor mutuo que Cristo nos regala en ella. […]
¿Sabéis una cosa? Sabéis que el Doctor de la Iglesia universal más antiguo fue un músico, San Efrén de Nisibe (o San Efrén el Sirio, como le llaman algunos), que vivió en la Alta Mesopotamia, en una región repartida entre lo que hoy son Irak y Turquía) en el siglo IV? Casi toda su obra son himnos, para ser cantados en la liturgia. Él escribió la primera colección de villancicos que se nos conserva de la historia de la Iglesia, llenos de una teología sencilla pero riquísima, una colección de nanas que la Virgen le canta a su hijo Jesús. Él decía que, ante el misterio de Dios, sólo había dos actitudes que son racionales: el silencio que adora, o la alabanza que canta. y él componía preciosos himnos, y los ensayaba cuidadosamente con coros mixtos, o a veces de coros femeninos, lo cual escandalizaba, no poco, en su ambiente, y quería con ellos “curar a quienes los oyen”. Así cantaba en uno de ellos:
“Dichoso aquél cuya lengua, Señor,
ha venido a ser para Ti como una cítara,
y con ella entona cantos
capaces de curar a quienes los oyen”
(Himnos De Fide II, 15).
¡Cantad, hijos, cantad! Cantad en la Iglesia y cantad en la vida. Y para que vuestro canto sea sincero, ¡abrid vuestras vidas al don de Cristo, que os quiere como nadie nuca os ha querido ni podrá quereros jamás! Como la Virgen María, ¡acoged a Cristo en vuestro corazón! Dejad luego que esa semilla fructifique y haga crecer la comunión y la amistad verdadera entre vosotros. Y que la alegría que nace de la presencia y del don de Cristo en vosotros, llene primero, vuestros corazones; luego, vuestros labios. Y que la alegría de vuestra comunión y de vuestra música llene el mundo, y haga de todos los lugares de la tierra un lugar de hermanos tan hermoso como esta mañana lo es la catedral.
Dios os bendiga. God bless you all. Que le Seigneur vou bénisse.
+ Javier Martínez
Arzobispo de Granada
15 de julio de 2012
Eucharistie de clôture, S. I Cathédrale XXXVII Congrès International Pueri Cantores
HOMÉLIE Mons. Martínez, Archevêque de Granada
"Ouvrez vos vies au don du Christ!"
Très chère Église du Seigneur, épouse bien-aimée du Christ;
chers prêtres concélébrants;
muy queridos “pueri cantores”, bien aimés “pueri cantores”, beloved “pueri cantores”;
directeurs des chœurs, collaborateurs, parents, amis, familles qui avez accueilli différents groupes d’enfants, volontaires, membres de l’organisation de Granada et de Guadix;
Chers amis:
Avec l’Eucharistie nous finissons ces journées si belles, de fraternité et de communion entre tous. L’Eucharistie est, d’après ce que l’Eglise nous enseigne, “la source et le sommet” de la vie chrétienne. Et puisque la vie chrétienne est la vie humaine vécue en plénitude, par la présence et la grâce du Christ, ainsi aussi l’Eucharistie est la source et l’école, et aussi la réalisation mystérieuse, avancée, de la plénitude de notre vie. La réalisation mystérieuse, anticipée, du ciel.
Parce que l’Eucharistie n’est pas seulement ni en premier lieu un rituel. Elle est surtout un événement mystérieux, mais énorme, ineffable. Chaque fois que nous célébrons l’Eucharistie, l’œuvre entière de la rédemption devient réelle mystérieusement pour nous, actuellement. Jésus Christ, le Fils de Dieu, ressuscité et vivant pour toujours, devient notre contemporain, nous parle, nous dit son amour pour chacun de nous, pauvres êtres humains, mortels, blessés, parfois, et malgré notre jeunesse, pleins déjà de frustrations et misères; et spécialement il se donne à nous et s’unit à nous pour nous communiquer son Esprit Saint, sa propre vie divine pour faire de nous des fils de Dieu. Oui, chers enfants, le Christ vous aime, il vous aime chacun de vous, tels que vous êtes. Jésus Christ est le meilleur complice du bonheur que votre cœur souhaite, il est fait pour Dieu, fait pour jouir de la beauté infinie de son Amour, cette beauté et cet amour que nous cherchons à tâtons dans la vie! Cet amour nous est donné en Christ, nous est offert et se met à notre portée dans le Christ. Hosanna!
Benedictus qui venit in nomine Domini! Béni soit celui qui vient au nom de Seigneur!
Et nous chantons pour cela. Pas pour que le chant rende plus belle et plus attrayante la liturgie, bien qu’il en soit ainsi. Pas pour que l’amour du chant soit une excuse pour être là et ainsi en écoutant et passant des heures à l’église nous apprenions quelque chose de la vie chrétienne, bien qu’il en soit ainsi. Nous chantons parce que ce qui est réel dans l’Eucharistie est si grand et si beau que nous ne pouvons pas nous arrêter de chanter. Nous ne pouvons pas éprouver dans la vie un amour si grand sans chanter notre joie. “Rien ne peut nous empêcher de chanter”, ainsi nous l’a chanté hier soir le chœur de la cathédrale de Béziers.
Ainsi, la présence du Christ parmi nous produit des fruits. Beaucoup de fruits de diverses sortes, parce que quand le Christ vient à nous il change notre cœur, il change notre regard sur le monde et sur les personnes et change l’idée de ce que c’est vivre bien, et de ce que c’est vivre et de tout ce qu’il y a dans la vie. De tous les fruits, qui atteignent tout, mais surtout les rapports humains, je vais seulement en souligner un. Voyez: nous venons de pays, de cultures et de langues différentes. De l’Allemagne jusqu’au Brésil, de la Corée du Sud jusqu’en Californie, de la Lituanie jusqu’au Portugal, de la Pologne jusqu’au Venezuela. Quand nous chantons tous ensemble, et tous ensemble les mêmes chants, les mêmes paroles, parce que nous célébrons et rendons grâces pour le fait de la venue et du don du Christ à nous, la première chose que nous exprimons est une réalité très profonde, un des fruits plus beaux de l’œuvre rédemptrice du Christ en nous: que nous sommes tous un seul peuple, le peuple de Dieu; une seule famille, la famille des fils de Dieu; et encore plus, un sol corps, le corps du Christ. Nous ne le sommes pas par nos qualités, ni comme le fruit de notre effort. Nous le sommes par la grâce du Christ, qui sans aucun mérite de notre part, a réussi à arriver jusqu’à nous, a voulu que nous lui appartenions, a voulu que nous soyons fils de Dieu, son Père et notre Père, et il a voulu nous donner son Saint Esprit, afin que le Père puisse reconnaître en nous son fils et afin que nous puissions vivre en “la liberté glorieuse des fils de Dieu”. Le Christ a donné sa vie, nous donne aujourd’hui sa vie, afin que nous puissions être frères, amis, au-delà des frontières de nos langues et de nos nations. L’histoire de l’Église est l’histoire d’une amitié qui n’a cessé de grandir.
Mais le monde n’a pas l’expérience de cette précieuse unité. Le monde, notre monde est brisé. Il éprouve la division, la séparation, souvent la haine. Il y a la division entre les races et les nations. Il y a la division entre les classes sociales, ou à l’intérieur des familles (entre le père et la mère, ou entre les parents et les enfants, ou entre les frères). Il y a la division même dans le cœur de chacun de nous, nous avons de grands désirs de vérité, de bien, d’amour et de beauté, et en même temps nous avons des sentiments qui nous poussent vers le mensonge ou le mal en toutes ses formes. L’Église sépare sept de ces mensonges: l’envie, l’avarice, la luxure, l’orgueil, la paresse, la gourmandise, la colère. D’une forme ou d’une autre, tous ces péchés –les sept péchés fondamentaux – nous séparent les uns des autres, nous isolent, brisent les liens qui nous unissent à Dieu, et pour cela brisent aussi les liens qui nous unissent soit aux autres, soit à toute la création. Dans le monde il y a beaucoup d’intérêts, et on dépense beaucoup d’argent afin que ces liens soient brisés et nous vivions isolés dans nos bulles tous seuls.
Un monde divisé est un monde blessé. Vous vous rappelez, au concert d’hier soir, le chœur de filles de Rottenburg, quand elles tournaient et tournaient sur la scène, quand elles pivotaient sans aucun sens?
Holzwege, disait le philosophe allemand Martin Heidegger, qui a donné ce titre à une de ses collections d’essais, “des chemins qui mènent nulle part”. Quand Dieu nous manque, quand il nous manque l’expérience de l’amour du Christ qui nous révèle le Dieu véritable, la vie est un
Holzweg, un chemin perdu, circulaire, qui n’a ni but, ni point de départ ou d’appui. Ni chemin. Aussi, un auteur allemand, Kafka, a écrit: “Nous savons quel est le but” (j’imagine qu’il pensait au bonheur et à la paix du cœur). “Mais, où est le chemin?” Et cependant, le Seigneur Jésus a dit ce mot unique, qui peut être seulement soit une vérité soit une folie: “Je suis le Chemin, et la Vérité, et la Vie”.
On pourrait chercher une autre image, plus proche à l’expérience de ces jours. Chacun de vous, vous avez mille mélodies dans la tête, et quelques unes certainement précieuses. Mais, imaginez que chacun de nous tous commence à chanter sa mélodie. Quel serait le résultat? Le chaos, l’horreur. Au bout d’un moment ou il y aurait une petite guerre entre nous ou nous sortirions en courant pour fuir d’ici. Par contre, quand nous chantons tous ensemble, quand il y a quelqu’un qui dirige et qui connaît bien le chemin, bien qu’il faille une discipline et un effort, nous savons que le résultat final sera la beauté. Nous avons l’expérience de cette beauté, et c’est cette expérience qui nous maintient constants dans le travail et les répétitions un jour et un autre jour… et dans la discipline d’apprendre à lire une partition, ou à nous écouter les uns les autres, afin que beaucoup de voix sonnent comme une seule voix.
Dans la vie, le Christ est notre chef de chœur (même s’il est plus que cela, parce qu’il est aussi la partition et aussi celui qui chante avec moi, et aussi la beauté qui est le résultat de ce chant). Et pour celui qui a trouvé le Christ, la vie entière est un chant de louange, un chant d’action de grâces, un hymne a la joie d’avoir éprouvé l’Amour qui fait possible tout amour authentique (parce qu’il y a des choses qu’on appelle amour et qui ne le sont pas, et “amours” qui ne sont pas véritables); Jésus Christ est celui qui fait possible l’amour véritable; non seulement il le fait possible, mais il le remplit de sens et de force. Le Christ est, en effet, le contenu dernier et la plénitude de tout amour, de toute beauté. Et c’est ce don que nous recevons chacun de nous dans l’Eucharistie. La vie entière, pour celui qui est du Christ, n’est qu’un prolongement de l’Eucharistie et de la joie et de la communion et de l’amour mutuel que le Christ nous offre par elle. […]
Savez-vous une chose? Savez-vous que le Docteur de l’Église universelle plus ancien a été un musicien, Saint Efrem de Nisibe (ou Saint Efrem de Syrie, comme d’autre l’ont appelé), qui a vécu à la Haute Mésopotamie, (en une région située entre ce qu’actuellement sont l’Irak et la Turquie) au siècle IV? Presque toute son œuvre est formée par des hymnes destinés à être chantés dans la liturgie. Il a écrit la première collection de noëls qui se conservent dans l’histoire de l’Église, pleins d’une théologie simple mais très riche, une collection de berceuses que la Vierge chante à son fils Jésus. Il disait que, devant le mystère de Dieu, il n’y a que deux attitudes qui sont rationnelles: le silence qui adore, ou la louange qui chante. Et il composait des hymnes précieux, il les répétait soigneusement avec des chœurs mixtes, ou parfois avec des chœurs féminins, ce qui scandalisait beaucoup, dans son ambiance, et ainsi il voulait “guérir ceux qui les écoutent”. Voici l’un d’eux:
“Heureux celui dont la langue, Seigneur,
est devenue pour Toi comme une cithare,
et avec elle il chante des chants
capables de guérir ceux qui les écoutent”
(Hymnes
De Fide II, 15).
Chantez, enfants, chantez! Chantez à l’Église et chantez dans la vie. Et pour que votre chant soit sincère, ouvrez vos vies au don du Christ, qui vous aime comme personne ne vous a jamais aimé et ne pourra jamais vous aimer! Comme la Vierge Marie, accueillez le Christ dans votre cœur! Laissez par la suite que cette semence produise des fruits et fasse grandir la communion et l’amitié véritable entre vous. Que la joie qui naît de la présence et du don du Christ en vous, remplisse vos cœurs; et après vos lèvres. Que la joie de votre communion et de votre musique remplisse le monde et fasse que tous les endroits de la terre deviennent des endroits pleins de frères aussi beau comme ce matin est belle cette cathédrale.
Que Dios os bendiga. God bless you all. Que le Seigneur vous bénisse.
+ Javier Martínez
Archevêque de Granada
Le 15 juillet 2012
Eucaristia de clausura, S. I Catedral XXXVII Congrés Internacional Pueri Cantores
HOMILIA Mons. Martínez, Arquebisbe de Granada
“Obriu les vostres vides al do de Crist!”
Molt estimada Església del Senyor, esposa amada de Crist;
estimats sacerdots concelebrants;
molt estimats “pueri cantores”, bien aimés “pueri cantores”, beloved “pueri cantores”;
directors dels cors, col·laboradors, familiars, amics, famílies que heu acollit diferents grups de nens, voluntaris, membres de l’organització de Granada i de Guadix;
Estimats amics:
Acabem amb l’Eucaristia aquests dies tan bonics de fraternitat i de comunió entre tots. L’Eucaristia és, segons ens ho ensenya l’Església, “la font i el cim” de la vida cristiana. I com que la vida cristiana és la vida humana viscuda amb plenitud gràcies a la presència i la gràcia de Crist, així també l’Eucaristia és la font i l’escola, i també la realització misteriosa, anticipada, de la plenitud de la nostra vida. La realització misteriosa, anticipada, del cel.
Perquè l’Eucaristia no és només ni en primer lloc un ritual. És sobretot un esdeveniment, un esdeveniment misteriós, però enorme, inefable. Cada vegada que celebrem l’Eucaristia, l’obra sencera de la redempció es realitza misteriosament per a nosaltres, actualment. Jesucrist, el Fill de Déu, ressuscitat i viu per sempre, es fa contemporani nostre, ens parla, ens diu el seu amor a cada un de nosaltres, pobres éssers humans, mortals, ferits, a vegades, i malgrat la nostra joventut, plens ja de frustracions i misèries; i especialment, es dóna a nosaltres i s’uneix a nosaltres per comunicar-nos el seu Esperit Sant, la seva pròpia vida divina per fer-nos fills de Déu. Sí, estimats fills, Crist us estima, us estima a cada un de vosaltres, tal como sou! Jesucrist és el millor còmplice de la felicitat que anhela el vostre cor, està fet per a Déu, fet per gaudir de la bellesa infinita del seu Amor, aquesta bellesa i aquest amor que cerquem a les palpentes en la vida! Aquest Amor se’ns ha donat en Crist, se’ns ofereix i se’ns dóna avui en Crist. Hosanna!
Benedictus qui venit in nomine Domini! Beneït el qui ve en nom del Senyor!
I per això cantem. No perquè el cant faci més bonica i més atractiva la litúrgia, que la hi fa. No perquè l’amor al cant ens serveixi d’excusa per a ser allà, i així, a base d’escoltar i de passar hores a l’església, aprenguem quelcom de la vida cristiana, que ho fa. Sinó que cantem perquè el que succeeix en l’Eucaristia és tan gran i tan bonic que no podem deixar de cantar. No podem experimentar en la vida un amor tan gran i no cantar d’alegria. “Rien ne peut nous empêcher de chanter”, res no ens pot impedir de cantar, com ho deia ahir el cor de la catedral de Béziers.
Doncs bé, la presència de Crist entre nosaltres dóna fruit. Molt de fruit de moltes classes, perquè en venir Crist a nosaltres canvia el cor, i canvia la mirada sobre el món i sobre les persones, i canvia la idea del que és viure bé, i del que és viure, i de tot el que hi ha a la vida. De tots els fruits, que afecten a tot, però sobretot a les relacions humanes, només en vull subratllar un. Mireu: venim de països, de cultures i de llengües diferents. Des d’Alemanya fins al Brasil, des de Corea del Sud fins a Califòrnia, des de Lituània fins a Portugal, des de Polònia fins a Veneçuela. En cantar tots junts, i tots junts els mateixos cants, el mateix text, amb el que celebrem i donem gràcies pel fet de la vinguda i del do de Crist a nosaltres, la primera cosa que expressem és una realitat molt profunda, un dels fruits més bonics de l’obra redemptora de Crist en nosaltres: que tots som un sol poble, el poble de Déu; una sola família, la família dels fills de Déu; encara més, un sol cos, el cos de Crist. No ho som per les nostres qualitats, ni com a fruit del nostre esforç. Ho som per la gràcia de Crist, que sense mèrit nostre s’ha obert camí per arribar fins a nosaltres, ha volgut que siguem seus, ha volgut que siguem fills de Déu, el seu Pare i Pare nostre, i ens ha volgut donar el seu Esperit Sant, perquè el Pare pugui reconèixer en nosaltres el seu fill, i perquè nosaltres puguem viure en “la llibertat gloriosa dels fills de Déu”. Crist ha donat la seva vida, ens dóna avui la seva vida, perquè puguem ser germans, amics, més enllà de les fronteres de les nostres llengües i de les nostres nacions. La història de l’Església és la història d’una amistat que no ha parat mai de créixer.
Però el món no té l’experiència d’aquesta preciosa unitat. El món, el nostre món, està trencat. El que experimenta és la divisió, la separació, sovint l’odi. Hi ha divisió entre les races i les nacions. Hi ha divisió entre les classes socials, o entre les mateixes famílies (entre el pare i la mare, o entre els pares i els fills, o entre els germans). Hi ha divisió fins i tot dintre del cor de cada un de nosaltres: tenim grans anhels, de veritat, de bé, d’amor i de bellesa, i al mateix temps tenim sentiments que ens empenyen vers la mentida o el mal en totes les seves formes. L’Església separa set d’aquestes mentides: l’enveja, l’avarícia, la luxúria, la supèrbia, la deixadesa, la gola, l’ira. D’una forma o d’una altra, tots aquests pecats –els set pecats fonamentals- ens separen els uns dels altres, ens aïllen, trenquen els llaços que ens uneixen a Déu, i per això trenquen també els llaços que ens uneixen ja sigui als altres, ja sigui a tota la creació. Al món hi ha molt interessos, i es gasten molts diners perquè aquests llaços es trenquin i visquem aïllats en les nostres bombolles i sols.
Un món dividit és un món ferit. Recordeu, en el concert d’anit, el cor de noies de Rottenburg, quan voltaven i voltaven a l’escenari, girant sense cap sentit?
Holzwege, deia el filòsof alemany Martin Heidegger, que va posar aquest títol a una col·lecció d’assaigs seus, “camins que no porten enlloc”. Quan ens falta Déu, quan ens falta l’experiència de l’amor de Crist que ens revela el Déu veritable, la vida és un
Holzweg, un camí perdut, circular, que no té ni meta ni punt de partida o de recolzament. Ni camí. També, un escriptor alemany, Kafka, va escriure: “Sabem quina és la meta” (suposo que ell pensava en la felicitat i la pau del cor). “Però, on és el camí?” I tanmateix, el Senyor Jesús va dir aquesta paraula única, que només pot ser una veritat o una follia: “Jo sóc el Camí, i la Veritat, i la Vida”.
Podríem buscar una altra imatge, més propera a l’experiència d’aquest dies. Cada un de vosaltres té mil melodies al cap, i algunes d’elles, segurament precioses. Però imagineu-vos que cada un dels qui som aquí comencéssim a cantar cadascú la seva melodia. Quin seria el resultat? Caos, horror. Al cap d’una estona, o hi hauria una petita guerra entre tots o sortiríem corrents, fugint d’aquí. En canvi, quan cantem junts, quan hi ha qui dirigeix i coneix el camí, per més que calgui disciplina i esforç, sabem que el resultat és la bellesa. Tenim l’experiència d’aquesta bellesa, i és aquesta experiència la que ens manté constants en el treball d’assajar i assajar, un dia i un altre dia… i en la disciplina d’aprendre a llegir una partitura, o a escoltar-nos els uns els altres, per tal que moltes veus sonin com una sola veu.
En la vida, és Crist: ell es el nostre director de cor (tot i que és molt més que això, perquè ell és també la partitura, i també el meu company en el cant, i també la bellesa que resulta del mateix cant). I per a qui ha trobat el Crist, la vida sencera és un cant de lloança, un cant d’acció de gràcies, un himne a l’alegria d’haver experimentat l’Amor que fa possible tot amor autèntic (perquè també hi ha coses que s’anomenen amor i no ho són, i “amors” que no son veritables); Jesucrist és qui fa possible l’amor veritable, no només el fa possible, sinó que l’omple de sentit i de consistència. Crist és, en efecte, el contingut últim i la plenitud de tot amor, de tota bellesa. I aquest és el do que rebem cada un de nosaltres en l’Eucaristia. La vida sencera, per a qui porta el Crist, no és més que un perllongament de l’Eucaristia i de l’alegria i de la comunió i de l’amor mutu que Crist ens regala en ella. […]
Sabeu una cosa? Sabeu que el Doctor de l’Església universal més antic va ser un músic, Sant Efrem de Nisibe (o Sant Efrem de Síria, com l’anomenen alguns), que va viure a l’Alta Mesopotàmia, (en una regió repartida entre el que actualment són l’Irak i Turquia) el segle IV? Quasi tota la seva obra són himnes, per a ser cantats en la litúrgia. Ell va escriure la primera col·lecció de nadales que es conserven de la història de l’Església, plens d’una teologia senzilla però riquíssima, una col·lecció de cançons de bressol que la Verge li canta al seu fill Jesús. Ell deia que, davant del misteri de Déu, només hi ha dues actituds que són racionals: el silenci que adora, o la lloança que canta. I ell composava himnes preciosos, i els assajava acuradament amb cors mixtos, o a vegades cors femenins, la qual cosa escandalitzava força, en el seu ambient, i amb ells volia “guarir els que els escolten”. Així cantava en un d’ells:
“Feliç aquell la llengua del qual, Senyor,
ha vingut a ser per a Tu com una cítara,
i amb ella entona cants
capaços de guarir els qui els escolten”
(Himnes
De Fide II, 15).
Canteu, fills, canteu! Canteu a l’Església i canteu en la vida. I perquè el vostre cant sigui sincer, obriu les vostres vides al do de Crist, que us estima com ningú mai no us ha estimat ni podrà estimar-vos mai! Com la Verge Maria, acolliu a Crist en el vostre cor! Deixeu després que aquesta llavor fructifiqui i faci créixer la comunió i l’amistat veritable entre vosaltres. Que l’alegria que neix de la presència i del do de Crist en vosaltres, ompli primer els vostres cors; i després els vostres llavis. I que l’alegria de la vostra comunió i de la vostra música ompli el món, i faci que tots els racons de la terra siguin un lloc de germans tan bonic com aquest matí ho és es la catedral.
Que Déu us beneeixi.. God bless you all. Que le Seigneur vous bénisse.
+ Javier Martínez
Arquebisbe de Granada
15 de juliol de 2012
Celebrazione Eucaristica di Chiusura in Cattedrale XXXVII Congresso Internacionale Pueri Cantores
OMELIA Mons. Martínez, Arcivescovo di Granada
“¡Abrid vuestras vidas al don de Cristo!”
“Apri la tua vita al dono di Cristo“
Amata Chiesa di Dio e sposa di Cristo;
Cari sacerdoti concelebranti;
muy queridos"Pueri Cantores";
bien aimés "Pueri Cantores";
beloved "Pueri Cantores"; amati "Pueri Cantores";
direttori di coro, collaboratori, familiari, amici, famiglie che hanno accolto diversi gruppi di bambini, volontari, membri dell'organizzazione di Granada e di Guadix;
cari amici:
concludiamo queste belle giornate di fraternità e di comunione tra tutti noi con una Celebrazione Eucaristica. L'Eucaristia è, come insegna la Chiesa,
"fonte e culmine" della vita cristiana e la vita cristiana è la vita vissuta grazie alla presenza piena della grazia di Cristo, l'Eucaristia è sorgente e scuola di vita ed è anche la realizzazione misteriosa della pienezza della nostra vita, anticipazione misteriosa e reale del cielo.
L'Eucaristia non è solo o principalmente un rito, è soprattutto un evento, un evento misterioso, grandioso ed ineffabile. Ogni volta che celebriamo l'Eucaristia, tutta l'opera della redenzione è misteriosamente realizzata per noi.
Oggi, Gesù Cristo, il Figlio stesso di Dio, risorto e vivo per sempre, è qui con noi, ci parla e ci dice che il suo amore è per tutti noi poveri esseri umani, mortali, a volte feriti nonostante la nostra gioventù, pieni di frustrazioni e di miserie; Lui si dona e si unisce a noi per comunicarci il suo Santo Spirito, la sua stessa vita divina e per farci figli di Dio.
Sì, cari figli, Cristo vi ama, ama ciascuno di voi, così come siete! Gesù Cristo è il miglior alleato della felicità che il tuo cuore desidera, felicità che viene da Dio, per godere della bellezza infinita del suo amore, amore e bellezza che cerchiamo brancolando nel buio!
Bene, questo amore che ci è dato in Cristo, oggi ci viene offerto e donato in Cristo.
Osanna! Benedictus qui venit in nomine Domini! Benedetto colui che viene nel nome del Signore!
E così cantiamo.
Non perché il canto rende più bella e più attraente la liturgia, non perché l'amore per il canto è una scusa per essere qui e così, ascoltando e passando il tempo in Chiesa, impariamo qualcosa della vita cristiana.
Ma noi cantiamo perché ciò che accade nell'Eucaristia è così grande e così bello che non possiamo smettere di cantare. Non si può sperimentare nella vita un amore così e non cantare di gioia.
"Rien ne peut nous empêcher chanter di" niente può impedirci di cantare, come ho detto ieri il coro della cattedrale di Béziers.
Tuttavia, la presenza di Cristo tra noi ha dato i suoi frutti. molti frutti di vario genere, perché quando arriva Cristo, cambia il nostro cuore, cambia la visione del mondo e delle persone, cambia l'idea di cosa vuol dire vivere bene, e di ciò che è vita, e tutti quelli che hanno la vita.
Di questi frutti, che influenzano tutti, ma soprattutto i rapporti umani, voglio solo sottolineare soprattutto uno: guardate, noi veniamo da paesi, culture e lingue diverse, dalla Germania al Brasile, dalla Corea al Sud California, dalla Lituania al Portogallo, dalla Polonia al Venezuela.
Ma il fatto di cantare insieme, cantare gli stessi canti, lo stesso testo, con cui celebriamo e rendiamo grazie per questo evento, il dono di Cristo per noi, esprimiamo una realtà profonda, uno dei i migliori frutti dell'opera redentrice di Cristo in noi: la realtà che siamo tutti un popolo, il popolo di Dio, una sola famiglia, la famiglia dei figli di Dio, anzi, un solo corpo, il corpo di Cristo.
Noi non siamo il risultato delle nostre qualità e dei nostri sacrifici.
Ciò che siamo lo siamo per la grazia di Cristo, senza nessun nostro merito Lui ci ha raggiunti, ci vuole suoi, ha voluto farci figli di Dio, suo Padre e nostro Padre, e ha voluto donarci il suo Spirito Santo perché il Padre ci riconosca figli suoi, perché possiamo vivere nella "libertà gloriosa dei figli di Dio".
Cristo ha dato la sua vita, oggi ci dona ancora la sua vita, in modo che possiamo essere fratelli e amici, al di là dei confini della nostra lingua e le nostre nazioni. La storia della chiesa è la storia di un'amicizia che non ha mai smesso di crescere.
Ma il mondo non ha alcuna esperienza di questa bella unità. Il mondo, il nostro mondo è in rovina. Noi sperimentiamo la divisione, la separazione e spesso l'odio. C'è divisione tra razze e nazioni, c'è divisione tra classi sociali e tra le stesse famiglie (tra padre e madre, o tra genitori e figli o tra fratelli), c'è divisione anche all'interno del cuore di ognuno di noi: abbiamo grandi speranze, aneliamo al bene, all'amore e alla bellezza, eppure abbiamo sentimenti che ci spingono alla bruttezza della menzogna e al male in tutte le sue forme
La Chiesa ci ricorda i sette peccati capitali, invidia, avarizia, lussuria, orgoglio, pigrizia, gola, ira; un modo o nell'altro, tutti questi peccati, i sette peccati mortali, ci separano gli uni dagli altri, ci isolano, rompono i legami che ci legano a Dio, così fino a rompere i legami che ci legano gli uni agli altri e a tutta la creazione. Infatti noi usiamo i nostri interessi materiali e spendiamo un sacco di soldi per rompere questi legami, per vivere nelle nostre bolle isolati e soli.
Un mondo diviso è un mondo cattivo. Vi ricordate, al concerto di ieri, le ragazze del coro di Rottenburg, quando giravano in tondo senza senso sul palco? “
Holzwege” ha detto il filosofo tedesco Martin Heidgger, dando questo titolo a una raccolta di suoi saggi,
"strade sbagliate" Quando abbiamo bisogno di Dio, quando ci manca l'esperienza dell'amore di Cristo che rivela il vero Dio, la vita è un
Holzweg, una strada sbagliata, che gira in tondo, che non ha meta o punto di partenza o di arrivo. Nessuna via.
E poi, un altro scrittore tedesco, Kafka, scrive:
"Sappiamo qual è l'obiettivo dell'uomo - (immagino pensasse alla felicità e la pace del cuore) -
Ma dove è la strada?" Eppure, Gesù disse queste parole che non possono che essere una verità o una follia:
"Io sono la Via, la Verità e la Vita."
Potremmo cercare un'altra immagine, più vicina all'esperienza di questi giorni. Ognuno di voi ha mille melodie nella propria testa, e alcune sono sicuramente belle. Ma immaginate che ognuno di noi qui inizi a cantare da solo la sua melodia.
Quale sarebbe il risultato? Caos e disastro. Dopo un po ', o facciamo una piccola guerra fra di noi o scappiamo di corsa via da qui.
Invece quando cantiamo insieme, dove c'è chi conosce e sa aprire la strada, anche se si tratta di disciplina e impegno, sappiamo che il risultato è la bellezza. Ed è questa esperienza di bellezza che ci sostiene nel nostro lavoro, nelle nostre prove giornaliere, che con impegno e tanta disciplina, ci aiutano ad imparare a leggere la musica e ascoltarci gli uni con gli altri, in modo che le voci di molti diventino una sola voce.
Nella vita c'è Cristo: Egli è il nostro direttore di coro
(anche se è molto più di questo, Lui è la stessa partitura, è il mio partner in canto, è anche la bellezza della stessa canzone).
E per chi ha trovato Cristo, tutta la vita è un canto di lode, un canto di ringraziamento, un inno alla gioia di vivere, l'amore che rende tutto vero amore (anche se ci sono cose chiamate "amore" che non sono vere), Gesù Cristo è colui che rende possibile il vero amore, e non solo lo rende possibile, ma lo riempie di significato e di profondità.
Cristo è davvero il contenuto ultimo e la completezza di ogni amore, di ogni bellezza. E questo è il dono che ognuno riceve nell'Eucaristia.
La nostra vita intera, per chi va verso a Cristo, non è che un'estensione dell'Eucaristia, della gioia di vivere, della comunione e dell'amore reciproco che Cristo ci regala in essa […]
Sapete una cosa? Uno fra i Dottori della Chiesa universale più antichi, era un musicista, Sant'Efrem di Nisibi (o di San Efrem il Siro, come lo chiama qualcuno), che viveva in Alta Mesopotamia, una regione compresa tra l'attuale Iraq e Turchia ) nel IV secolo!
Quasi tutte le sue opere sono inni cantati tuttora nella liturgia. Ha scritto la prima raccolta di canti natalizi che si siano conservati nella storia della Chiesa, con teologia semplice ma ricca e una raccolta di ninne nanne che la Madonna canta a suo Figlio Gesù. Ha detto che, di fronte al mistero di Dio, c'erano solo due atteggiamenti possibili: il silenzio e il canto d'amore.
Ha composto bellissimi inni, per cori misti e cori femminili , inni che si pensava guarissero coloro che li ascoltavano."
Così cantava uno di loro:
“Dichoso aquél cuya lengua, Señor,
ha venido a ser para Ti como una cítara,
y con ella entona cantos
capaces de curar a quienes los oyen”
(Himnos De Fide II, 15).
"Beato colui la cui lingua, Signore,
è diventato per voi come una cetra,
canta e canta
in grado di curare coloro che ascoltano "
(Inni della Fede II, 15).
Canta ragazzo, canta! Canta in chiesa e canta nella tua vita. E che il tuo canto sia sincero, apri la tua vita al dono di Cristo, che ti ama come nessuno mai senza chiedere nulla in cambio! Canta come la Vergine Maria, accetta Cristo nel tuo cuore! Poi lascia che il seme porti frutto e cresca l'amicizia e la comunione vera tra te e i tuoi compagni.
E la gioia che deriva dalla presenza e il dono di Cristo in te, riempia prima, il tuo cuore, e poi le tue labbra.
E la gioia della tua condivisione con i tuoi compagni e la vostra musica riempia il mondo, e faccia diventare la terra un luogo bello come oggi è questa cattedrale.
Dios os bendiga. God bless you all. Que le Seigneur vou bénisse. Dio vi benedica
+ Javier Martínez
Arcivescovo di Granada
15 Luglio 2012
Back to all news